La noche en que Maxine volvió del trabajo a casa y encontró a L. D., su marido, otra vez borracho y tratando mal a Rae, de quince años e hija de ambos, acabó diciéndole a L. D. que se largara de casa. L. D. y Rae estaban en la mesa de la cocina, discutiendo. Maxine ni siquiera tuvo tiempo para dejar el bolso o quitarse el abrigo. Rae la abordó: —Díselo, mamá. Dile lo que hemos estado hablando. L. D. hacía girar el vaso en la mano, pero no bebía. Maxine lo miraba con ojos fieros e inquietantes. —No metas las narices en lo que no tienes ni idea —le ordenó L. D.—. No puedo tomar en serio a alguien que se pasa todo el día sentada leyendo revistas de astrología. —Esto no tiene nada que ver con la astrología —protestó Rae—. No tienes por qué insultarme. Rae, por su parte, llevaba semanas faltando al ...