3. Las manos de Jeanne-Marie, de Arthur Rimbaud
Jeanne-Marie tiene las manos fuertes,
manos sombrías que curtió el verano,
manos pálidas como las manos muertas.
—Mas ¿son de Juana estas manos?
¿Se han untado las cremas oscuras
sobre charcas de voluptuosidades?
¿Se han empapado en lunas
de estanques de serenidades?
¿Han bebido de los cielos bárbaros,
tranquilas sobre rodillas exaltantes?
¿Han liado cigarros puros
o traficado con diamantes?
¿Han marchitado las flores de oro
sobre los pies ardientes de las Madonas?
Lo que en su palma resplandece y duerme
es la sangre negra de las belladonas.
¿Manos cazadoras de dípteros
que bombinean las azulaciones
aurorales hacia los nectarios?
¿Destilan veneno estas manos?
Oh! ¿qué Sueño las ha asaltado
en sus pandiculaciones?
¿Un sueño inaudito de Asias,
de Khenghavars o de Siones?
—Estas manos no se han tostado sobre
los pies de los dioses ni vendido naranjas:
estas manos no lavaron las mantillas
de pesados chiquillos sin mirada.
Estas no son manos de prima
ni de obreras de frente amplia
a las que un sol ebrio de alquitranes
quema, en el bosque hediendo a fábrica.
Son dobladoras de espinazos,
manos que jamás hacen mal,
¡más fatales que las máquinas,
más fuertes que un caballo!
Inquietas como hogueras,
y sacudiendo sus temores,
¡su carne canta las Marsellesas
y jamás los Eleisones!
Apretarían vuestros cuellos, oh mujeres
malignas, triturarían vuestras manos,
oh mujeres nobles, vuestras manos infames
llenas de carmines y de blancos.
¡Tuerce el cráneo de las ovejas
el brillo de estas manos amorosas!
¡Pone el gran sol un rubí
en sus falanges sabrosas!
Como a un seno de ayer, las bruñe
la mancha del populacho;
¡el dorso de estas Manos es el sitio
que todo Rebelde altivo ha besado!
¡Están pálidas, maravillosas,
bajo el gran sol de amor pleno,
sobre el bronce de las metrallas
a través de París insurrecto!
¡Oh! — ¡a veces – Manos sagradas,
Manos donde tiemblan nuestros labios
jamás desembriagados – en vuestros puños
grita una cadena de anillos claros!
Y a veces, Manos de ángel,
hay en nuestro ser un extraño sobresalto
cuando se hace sangrar vuestros dedos
pretendiendo desatezaros.
(versión: Alberto a. Arias)
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